3 de julio de 2010


"Cuidado que la nostalgia mata"

 *Texto publicado originalmente el 8 de diciembre de 2005 y recuperado hoy del servidor antiguo.

Dicen que las historias de los inmigrantes son todas tan diferentes, todas tan iguales. Al comienzo, cuando uno recién llega vive con un pie acá y el otro allá. A pesar de no saber el día exacto o aproximado del retorno, se está haciendo planes para la vuelta, comprar una casita, un automóvil, el negocio propio. Porque vaya que uno extraña el barrio y su gente, los amigos, los árboles, sus comidas, sus olores y sus sudores. Todas aquellas cosas que pasaron desapercibidas cuando las tuvimos cerca y que hoy en la lejanía las echamos de menos.

Y así se van los días, que en el momento menos pensado ya se convirtieron en un cúmulo de años, pero nunca volvemos, en el fondo siempre queda la esperanza de estar de nuevo ‘en casa’, que cada día suena más lejana y ajena, porque ya muchos piensan que la casa está acá. Pero esa es otra historia que les contaré otro día.

Un par de años atrás, un amigo cansado de estar viviendo alejado de su esposa e hijo, decidió por fin alistar las maletas para llevar a cabo el tan ansiado retorno. Según él, decía que con esto dejaba de ser una máquina que solo enviaba remesas de dinero al Perú, para volver a ser esposo, padre, hijo y amigo, así en ese orden de cosas. Me pidió que lo acompañara al aeropuerto. Al llegar, las ventanillas para chequear los boletos y el equipaje todavía estaban cerradas, mientras decidimos caminar por los pasillos.

Escuchamos algunas voces a espaldas nuestras que preguntaban si hablábamos español. Fue doble la sorpresa de estas personas, una porque las respuestas a sus preguntas eran afirmativas y dos porque también éramos peruanos como ellos. Después de un qué tal, casi al unísono, y de las presentaciones de rigor pude conocer que se trataban de Jaime y José.

Jaime y José habían llegado juntos a éstas islas. Trabajaban en la misma fábrica y compartían la vivienda. Vivían en un lugar muy cercano al aeropuerto ‘una zona de playas’, dijeron. Como nunca antes habían visto el mar, desde su Huancayo querido era imposible divisar el océano en las costas del Perú, les gustó el sitio y ya llevaban ocho años ahí.

- ¿Y cómo les va? - pregunté.
- Aquí pues, extrañando Perú- dijo Jaime.
- Sintiendo nostalgia por lo nuestro- acotó José.
- Cuidado que la nostalgia mata - Dije por decir algo.
- Es verdad - respondió José -. Pero nosotros no queremos morirnos todavía. Reímos todos.
- Y tampoco podemos volver - completó Jaime -. Tú sabes, trabajando aquí podemos ayudar a nuestras familias que están allá.

Para evadirse de la nostalgia y de otras trampas que la vida ponía a diario, habían inventado un juego que después fue casi un ritual. Un ritual que era el complemento perfecto para acabar o comenzar la semana. De lunes a viernes, después de las jornadas diarias de trabajo, consumían grandes cantidades de horas para ver los vídeos de programas de la televisión peruana que alquilaban. Los sábados acudían a un local de comida peruana, porque los días laborables el restaurante repartía el almuerzo y la cena.

El domingo era el día de descanso y acudían al aeropuerto desde la mañana. Era una ocasión que coincidía con la llegada y la partida de muchos peruanos. Confundidos entre los abrazos  de las bienvenidas y los adioses que los familiares y amigos prodigaban por todos lados, eran parte de esas alegrías y tristezas, las hacían propias aunque nunca más los volvieran a ver.

Pero ahí estaban, preguntando cómo estaba el país a los que llegaban y abrazando y deseando buenas cosas a los que se iban. De esa forma acortaban la distancia con la otra orilla. De esta manera, la dura realidad de ser y sentirse extranjero era más soportable.

Fue en estas circunstancias que de pronto mi amigo estuvo estrechado, abrazado y colmado con una serie de buenos deseos para su viaje por Jaime y José. Nosotros nos despedimos con un hasta pronto, tal vez cercano o lejano, no lo sabíamos. Me despedí también de mis ocasionales acompañantes. Me entregaron sus números telefónicos  ‘para cualquier cosa’, dijeron. Al intentar devolver la gentileza me respondieron que no era necesario, no tenían la costumbre de molestar a las personas que conocían en el aeropuerto.

De vuelta a casa iba recordando a Fernando del Paso:

"Pensé en los italianos y los irlandeses que cruzaban el Atlántico a principios de siglos para ir a morir a Nueva York o Chicago sin haber dejado nunca de vivir en la Lombardia o en Limerick. Sentí pena por ellos, pero más pena sentí por mí mismo, porque a pesar de Shakespeare y de Kant, de San Buenaventura y de Leonardo, me había colocado yo a la altura de esos pobres inmigrantes que en el espagueti hilaban su nostalgia, y que cuando bebían Lachrima Christi se estaban bebiendo, en realidad, sus propias lágrimas."

*Texto publicado originalmente el 8 de diciembre de 2005 y recuperado hoy del servidor antiguo.

2 comentarios:

Xuravet dijo...

Hola Enrique, tanto tiempo sin que comente tus entradas.

Hace bastantes años tuve la oortunidad de volverme ciudadano Alemán, una teutona se quería casar conmigo pero fue una situación un poco forzada por su parte. Resulta que fui de viaje a europa y estuve de visita en su casa yempezamos a estar juntos "mientras yo estaba por allá", segun sus palabras, cuando regresé amis tierras ella me siguió y quiso que la relación continuara hasta que en un momento dado ya estaba comprometido con ella. Como yo todavía teniá pendientes no me fui con ella y esperé para casarme, ya faltando poco para que terminara mis pendientes ella me hablo para preguntar que cuando volaba para Alemania, yo le dije que todavái faltaban como 5 o 6 meses y ella me dijo categoricamente que "necesitaba" que estuviera por allá en un mes pues ya me había inscrito en el curso de alemán ppra extranjeros. En ese momento me dí cuenta que la cosa no pintaba bien y la verdad que por ese lado yo no soy nada transigente, por las buenas lo que sea pero ya así nada de nada. Todo se acabo y estoy felizmente casado acá en México y nunca me fui.

Un abrazo.
>Xuravet

enrique dijo...

Hola Xuravet:
Sí que es una sorpresa tenerte de vuelta por acá. Es una gran historia la que cuentas, hay circunstancias en la vida de uno en la que tenemos que tomar decisiones como el irnos o quedarnos. Si fue bueno o malo eso nunca se sabe. Me alegro que estes felizmente casado, como bien dices.
Pero el estar lejos como decía Benedetti:
"de todas partes llegan sobres de la nostalgia
narrando cómo hay que empezar desde cero
navegar por idiomas que apenas son afluentes
construirse algún sitio en cualquier sitio
a veces lindas veces con manos solidarias
y otras amargas veces recibiendo en la nunca
la mirada xenófoba"

Una abrazo a la distancia.

Enrique

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