8 de diciembre de 2005


Lachrima Christi

Dicen que las historias de los inmigrantes son todas tan diferentes, todas tan iguales. Al comienzo, cuando uno recién llega vive con un pie acá y el otro allá. A pesar de no saber el día exacto o aproximado del retorno, se está haciendo planes para la vuelta, comprar una casita, un automóvil, el negocio propio. Porque vaya que uno extraña el barrio y su gente, los amigos, los árboles, sus comidas, sus olores y sus sudores. Todas aquellas cosas que fueron pasando desapercibidas cuando las tuvimos cerca y que hoy en la lejanía las echamos de menos.

Y así se van pasando los días, que en el momento menos pensado ya se convirtieron en un cúmulo de años, pero nunca volvemos, en el fondo siempre queda la esperanza de estar de nuevo ‘en casa’, que cada día suena más lejana y ajena, porque ya muchos piensan que la casa está acá. Pero esa es otra historia que les contaré otro día.

Un par de años atrás, un amigo cansado de estar viviendo alejado de su esposa e hijo, decidió por fin alistar las maletas para llevar a cabo el tan ansiado retorno. Según él, decía que con esto dejaba de ser una máquina que solo enviaba remesas de dinero al Perú, para volver a ser esposo, padre, hijo y amigo, así en ese orden de cosas. Me pidió que lo acompañara al aeropuerto. Al llegar, las ventanillas para chequear los boletos y el equipaje todavía estaban cerradas, así que decidimos caminar por los pasillos.

Escuchamos algunas voces a espaldas nuestras que preguntaban si hablábamos español. Fue doble la sorpresa de estas personas, una porque la respuesta a sus preguntas era afirmativa y dos porque también éramos peruanos, como ellos. Después de un qué tal, casi al unísono, y de las presentaciones de rigor pude conocer que se trataban de Jaime y José.

Jaime y José, habían llegado juntos a éstas islas. Trabajaban en la misma fábrica y compartían la vivienda. Vivían en un lugar muy cercano al aeropuerto ‘una zona de playas’, dijeron. Nunca antes habían visto el mar, desde su Huancayo querido era imposible divisar el océano en las costas del Perú. Así que les gustó el sitio y ya llevaban ocho años ahí.

- Y cómo les va? - pregunté.
- Aquí pues, extrañando Perú- dijo Jaime.
- Sintiendo nostalgia por lo nuestro- acotó José.
- Cuidado que la nostalgia mata - Dije por decir algo.
- Es verdad - respondió José -. Pero nosotros no queremos morirnos todavía. Reímos todos.
- Y tampoco podemos volver - completó Jaime -. Tú sabes, trabajando aquí podemos ayudar a nuestras familias que están allá.

Para evadirse de la nostalgia y de otras trampas que la vida ponía a diario, habían inventado un juego que después fue casi un ritual. Un ritual que era el complemento perfecto para acabar o comenzar la semana. De lunes a viernes, después de las jornadas diarias de trabajo, consumían grandes cantidades de horas para ver los vídeos de programas de la televisión peruana que alquilaban. Los sábados acudían a un local de comida peruana, porque los días laborables el restaurante repartía el almuerzo y la cena.

Y el día principal era el domingo, jornada libre, de descanso, y acudían al aeropuerto desde antes del mediodía. Era una ocasión que coincidía con la llegada y la partida de muchos peruanos. Se mezclaban con las bienvenidas y los adioses que los amigos y las familias prodigaban por todos lados. Eran parte de esas alegrías y tristezas, las hacían propias aunque nunca más los volvieran a ver.

Pero ahí estaban, preguntando cómo estaba el país a los que llegaban y abrazando y deseando buenas cosas a los que se iban. De esa forma acortaban la distancia con la otra orilla. Así, la dura realidad de ser y sentirse extranjero era más soportable.

Fue de esta manera que de pronto mi amigo estuvo estrechado, abrazado y colmado con una serie de buenos deseos para su viaje de parte de Jaime y José. Nosotros nos despedimos con un hasta pronto, tal vez cercano o lejano, no lo sabíamos. Me despedí también de mis ocasionales acompañantes. Me entregaron sus números telefónicos, ‘para cualquier cosa’, dijeron. Al intentar devolver la gentileza me respondieron que no era necesario, no tenían la costumbre de molestar a las personas que conocían en estas circunstancias.

De vuelta a casa iba recordando a Fernando del Paso:

"Pensé en los italianos y los irlandeses que cruzaban el Atlántico a principios de siglos para ir a morir a Nueva York o Chicago sin haber dejado nunca de vivir en la Lombardia o en Limerick. Sentí pena por ellos, pero más pena sentí por mí mismo, porque a pesar de Shakespeare y de Kant, de San Buenaventura y de Leonardo, me había colocado yo a la altura de esos pobres inmigrantes que en el espagueti hilaban su nostalgia, y que cuando bebían Lachrima Christi se estaban bebiendo, en realidad, sus propias lágrimas."

*Texto publicado originalmente el 8 de diciembre de 2005 y recuperado.

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