7 de agosto de 2005


Nunca más

Foto: PFC



En la primera vez que visité Hiroshima, conocí a Jun, un niño japonés de 10 años al que encontré dibujando el 'Genbaku Domu', la armazón o el esqueleto de lo que un día fue el imponente Palacio Industrial de Hiroshima.

Una obra que fue diseñada por el arquitecto checo Jan Letzel en 1915. Durante su estadía en Japón, entre 1907 y 1923, construyó cerca de 40 edificios entre hoteles, palacios administrativos y residencias particulares. Su estilo del art nouveau tardío con la incorporación de elementos orientales y la aplicación de estructuras de hormigón armado en sus obras, fueron la base de su gran éxito en esta parte del Oriente.

Esta última característica hizo posible que el 6 de Agosto de 1945 cuando los Estados Unidos lanzó la bomba atómica sobre la ciudad, el edificio resisitiera el impacto a pesar de encontrarse a sólo 160 metros del hipocentro.

Más allá se extiende el Parque de la Paz, donde el día de hoy más de 55.000 personas se han congregado para rendir homenaje y recordar a las casi 140.000 víctimas del holocausto nuclear que murieron instantáneamente y a las cerca de 250.000 muertos hasta la fecha.

A las 8:15 la ciudad quedó sumida en un silencio total, como hace 60 años cuando un B-29, el Enola Gay, lanzó su mortífera carga sobre la ciudad. El Museo de la Paz es un punto de referencia muy importante para entender las atrocidades de la guerra y del armamentismo nuclear; dentro de todo lo que se expone hay una muestra de objetos personales recuperados de aquel 6 de agosto, muñecos de cera y fotografías de las víctimas expuestas a la radiación, imágenes de la ciudad antes y después del manto negro que la cubrió.

A la salida hay varios cuadernos para los visitante donde se pueden anotar mensajes, una opinión; pero después de ver todo lo hay dentro uno se queda sin palabras y no creo que nadie termine su visita indiferente: sólo atiné a escribir ¡nunca más!

El pequeño Jun manifestó que a pesar de todo lo que le enseñaban en la escuela, de todo lo que le contaban sus abuelos, de lo que hablaban sus padres y las autoridades, no podía creer todavía que una cosa así hubiera sucedido. No imaginaba que tantas personas hayan podido morir de un momento a otro, como tampoco podía comprende que otros seres humanos lo hicieran.

Es díficil de creer, pero en el nombre de la paz cuantas agresiones, invasiones y guerras se han llevado a cabo, cuantas muertes, asesinatos y matanzas se justifican. Es difícil de creer pero la estupidez humana nos demuestra lo contrario.

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